Beato Miguel Agustín Pro

Sacerdote y Mártir de la Compañía de Jesús, en 1927 fue condenado sin juicio a la pena capital en la cruel persecución contra la Iglesia en la guerra cristera.

Fecha de beatificación: 25 de septiembre de 1988 por el Papa Juan Pablo II

Originario de Guadalupe, Zacatecas, respondió al llamado sacerdotal e ingresó a la Compañía de Jesús en 1911. Desatada la persecución en México, él y sus compañeros de formación salieron del país para continuar sus estudios en Estados Unidos, Europa y Sudamérica. Fue profesor en el colegio de la Compañía en Granada, Nicaragua. En Bélgica estudió teología y fue ordenado sacerdote jesuita en 1925. Su salud no era buena y por ello los superiores decidieron su regreso a México, para que no fuera morir lejos de su tierra.

Justamente a su regreso, se convierte en uno de los protagonistas de la guerra cristera (1926-1929), tiempos difíciles que vivió la Iglesia en México, pues los Obispos habían mandado cerrar los templos y suspender el culto en protesta a la injusta “Ley Calles” que obligaba a los sacerdotes a registrarse y prohibía cualquier acto de culto público o privado, aún en casas particulares.

El 13 de noviembre de 1927 hubo un atentado contra el reelecto general A. Obregón del que acusaron de complicidad al Padre Pro y sus hermanos. Fueron aprehendidos y encarcelados. Al enterarse, el Ingeniero Luis  Segura Vilchis, el verdadero autor del atentado, se presentó en la inspección de policía, declarando que los hermanos Pro no tenían ninguna participación en el hecho. Aun así, no les otorgó la libertad.

Difamado, sin pruebas de su supuesta culpabilidad y sin juicio alguno, el entonces presidente Plutarco Elías Calles, ordenó que el Padre Pro y sus hermanos fueran pasados por las armas el 23 de noviembre de 1927. Ese 23 de noviembre, el Padre Pro salió de su celda para encontrar un patio lleno de tropa y de “invitados al espectáculo”: fotógrafos y cuerpo diplomático.

Caminó sereno y tuvo tiempo de oír a uno de sus verdugos que le decía: 

–Padre, perdóneme. Él le contestó: –No sólo te perdono, te doy las gracias.

Después le preguntaron su última voluntad:

– Rezar a mi Padre Dios

Se hincó delante de todos y con los brazos cruzados estuvo unos momentos en recogimiento, ofreciendo su vida por la salvación de México y la conversión de sus perseguidores. Se levantó, abrió los brazos en cruz y dijo:

–¡Viva Cristo Rey!

Y después de recibir los impactos cayó al suelo, donde, al ver que aún respiraba, le dieron el tiro de gracia.