Pbro. Víctor M. Herrera Nieves
En este mundo tan lleno de información y distracciones, donde los espíritus y aires son muy diversos, es necesario no dejarse llevar indistintamente por cualquiera de ellos (1Jn 4, 1), sino aprender a construir nuestra vida cristiana en consecuencia con nuestra experiencia de fe, según las normas del Evangelio y la guía del Espíritu Santo.
Para esto, San Ignacio de Loyola nos propone el discernimiento de espíritus, que consiste en encontrar la voz del Espíritu de Dios que nos habla en los detalles corrientes y prácticos de nuestra vida; y así, poder descubrir, más allá de nuestros propios deseos e ideas, a dónde nos conduce y llama el Santo Espíritu que quiere llevarnos por el camino de la propia abnegación y del dominio de los malos hábitos a las más altas cumbres de la contemplación y el amor divino.
El discernimiento ayuda a un alma perturbada a descubrir los muchos movimientos que ocurren dentro de su corazón, para que conociendo y estando atento a ellos, pueda separar aquello que le da verdadera alegría y consolación, de lo que la entristece y aflige, y aprenda a elegir entre lo bueno y lo que más le conviene y mejor provecho y felicidad le obtiene.
Hablamos, básicamente, del proceso humano por el cual convertimos nuestras convicciones interiores en decisiones fundamentales de vida, y buscamos hacerlo en coherencia, en continuidad con nuestra fe, de modo que nuestras convicciones se concreten en decisiones de vida, más o menos trascendentes, y nuestras decisiones sean coherentes con nuestras convicciones para así poder vivir en alegría y plenitud nuestra vida.




