Hugo Ávila Gómez
Hay distintos signos en el mundo contemporáneo que es necesario ponerles atención, para cultivar la sensibilidad por lo real y cuidar la preocupación por el bien del prójimo. El Papa Francisco nos invita a no apartar nuestra mirada de la realidad en que vivimos: inequidad social, crecimiento de la violencia, fragmentación social, el surgimiento de distintas formas de agresividad social, la presencia cruel del narcotráfico, el consumo creciente de drogas, la pérdida de identidad, el miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, el poderoso se come al más débil, los excluidos son vistos como “sobrantes”, el ser humano es reducido a sujeto de consumo, el medio ambiente degradado, la crisis cultural profunda de las familias.
El mundo está roto y eso es causa de sufrimiento. ¿Podemos imaginar el dolor de millones de personas que sobreviven con pocas o nulas posibilidades de remediar sus necesidades básicas de techo, trabajo, comida, agua? ¿Podemos sentir la falta de esperanza de muchos jóvenes para quienes la escuela es sólo un lugar para obtener un diploma, pero que no ayuda a crear el sentido de la vida y alimentar la confianza en las personas con quienes se convive y en el futuro? ¿Qué pasa por la cabeza y por el corazón de decenas de miles de migrantes, que se ven forzados a abandonar sus países por razones económicas o de violencia y tienen que arriesgar su vida para atravesar el océano o llegar a países donde se les rechaza y con innumerables vejaciones se les destroza su dignidad?

Negar la realidad nos puede llevar a la tentación a conformarnos con ser espectadores pasivos o replegarnos en la interioridad de la vida personal o familiar. Apartar nuestra mirada del mundo en que vivimos nos llevaría a ser parte de este fenómeno conocido como globalización de la indiferencia.
No podemos estar en paz mientras veamos a personas sufriendo las consecuencias del sistema social y económico que es injusto en su raíz. Cuando el mal consentido, que es la injusticia, riega su potencia dañina, debilita las bases de convivencia y de concordia de cualquier sociedad, como enseña el Papa Francisco (La Alegría del Evangelio, N° 59).
Esta realidad de injusticia, de mentira y de violencia cuestiona e interpela nuestra fe. La parábola del samaritano puede hacerse vida cada vez que vemos a una persona lastimada por la inequidad contemporánea. El dolor del prójimo es un llamado a nuestra conciencia y nos pide respuestas generosas y solidarias.
Por esta mirada atenta y compasiva al mundo, sentimos la necesidad de vivir una espiritualidad que nos sane, que nos llene de vida y de paz y nos invita a vivir en armonía, en solidaridad y en comunión.
El mundo necesita de personas, de organizaciones y de movimientos que se decidan a buscar en conjunto, en diálogo y fraternidad las mejores soluciones a los problemas locales, comunitarios, regionales, nacionales o mundiales.
Aunque lo más común es pensar que nada podemos hacer frente a la violencia o la injusticia, si vamos tomando acciones en solidaridad con otras personas de buena voluntad, en diálogo igualitario, en solidaridad, creando el sentido de una nueva convivencia, es mucho lo que podemos hacer para devolver la paz, la concordia, la esperanza, la convivialidad, el entendimiento, el sentido de cooperación que tanta falta hacen a nuestras sociedades.
La opresión que se vive actualmente es una oportunidad para “beber en los más hondo de las propias convicciones sobre el amor, la justicia y la paz”. En cada cultura y en cada persona hay un acervo ético y espiritual, un tesoro de sabiduría. El regreso a las fuentes permite responder mejor a las necesidades del mundo contemporáneo (Francisco, Laudato Sii, N° 200).




